Pasaporte al futuro

La transformación que Dios quiere que tome lugar en nuestras vidas cuando recibimos y aceptamos el mensaje del Evangelio es profunda. Tan fundamental, de hecho, que se usan algunas metáforas algo drásticas para describirlo. Una es la idea de ciudadanía: ser un seguidor de Cristo significa traer un pasaporte diferente, si así quieres; es tan fundamental como ser ciudadano de un país distinto. Sugiere un nuevo set completo de prioridades y responsabilidades, una nueva forma de vida. 

Nueva ciudadanía

Mientras que nuestro pasaporte puede anunciar que somos Británicos o Alemanes (o cualquiera que sea el caso), la Biblia habla de que nos convirtamos en “ciudadanos del cielo”. Este simbolismo de ser ciudadanos del reino venidero de Dios es un factor importante para nuestro comportamiento de discípulos.

Dios y Jesús quieren que prioricemos asuntos espirituales o divinos sobre todo lo demás en la vida. Nuestra primera responsabilidad, en todo, se la debemos a Dios y a Su hijo. Jesús nos pide que nos esforcemos en poner nuestra nueva ciudadanía, nuestras nuevas obligaciones familiares y nuestra esperanza por el reino por sobre todo lo demás: 

“No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? … pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”

(Mateo 6:31-33)

Jesús también pidió discípulos que muestren el mismo tipo de amor sacrificado que el enseñó en sus interacciones con otra gente. Al pedir esto Jesús sabía perfectamente bien que les estaba pidiendo que fueran en contra de sus instintos. Estaba deliberadamente poniendo el listón alto que constantemente estaría retando a todos los que lo intentaran – pero poco de lo que vale verdaderamente la pena es fácil. Es nuestra naturaleza humana protegernos y defendernos, desear daño a quienes nos dañan, y cuidar de aquellos que son buenos con nosotros. Jesús nos pide que volteemos las mesas de ese tipo de pensamiento. Si Dios nos hubiera dado solo lo que merecíamos, todos deberíamos estar muertos, y no habría esperanza. El punto completo es que “aún siendo pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). Dios tuvo misericordia y amor por nosotros cuando en muchos aspectos no éramos dignos de amor. Nos pide que mostremos nuestro aprecio de este punto al tratar de comportarnos de la misma manera: 

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos… Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?”

(Mateo 5:44-46)

Esto no es nada menos que un completo cambio de paradigma, uno que es ambos, liberador y revolucionario. Jesús nos está diciendo que deberíamos empezar a configurar el mundo y las posibilidades de nuestro comportamiento en el de una forma completamente nueva y motivadora. No tenemos que hacer lo que es “normal” o lo que es “natural”. Podemos en cambio intentar hacer lo que está bien y lo que es mejor. 

Implicaciones adicionales de la ciudadanía

La nueva ciudadanía de un creyente implica que deben intentar comportarse apropiadamente como ciudadanos, representantes, e incluso como embajadores del nuevo reino. Si ahora somos ciudadanos de un reino distinto con una nacionalidad distinta, eso significa que en realidad no pertenecemos o no tenemos el mismo involucramiento con nuestro antiguo país de la que alguna vez tuvimos. Aunque mucha gente aún nos consideraría por las antiguas normas, la realidad es que nuestra lealtad ha cambiado. No somos principalmente Británicos o Malayos más; de hecho, ¡somos de cierta manera foráneos en Bretaña o Malasia! Esto quiere decir que no tendremos más el mismo nivel de participación en los asuntos del país en el que vivimos. 

Hay consecuencias prácticas de vivir como invitado en un país foráneo. Primero, deberíamos vivir pacíficamente en el mundo, siendo respetuosos de los gobernantes y poderes que tiene designados y a través de los cuales Dios está trabajando (trabaja a través tanto de regímenes malvados como de los buenos). La Biblia entonces nos dice que los siervos del Señor “no deben ser contenciosos” (2 Timoteo 2:24, RVR), lo que excluye acciones militantes y otros movimientos activistas. Debemos pagar nuestros impuestos (Jesús lo hizo – Mateo 17:24-27; 22:21), debemos pagar nuestras deudas (Romanos 13:8) y mantener nuestras promesas. No debemos ser alborotadores. 

La única excepción a la regla sobre obedecer la ley y a lo gobernantes de la tierra como un visitante residente es cuando esas leyes nos meten en conflicto con las leyes de Dios. En ese caso, como el apóstol Pedro una vez elocuentemente dijo “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29 RVR, ver también Hechos 4:19).

Nuestro objetivo principal en la vida no será maximizar nuestra riqueza personal, placer o gratificación. Muchos de los medios de la sociedad pueden parecer huecos y un tanto sin sentido cuando lo vemos desde esta luz. En vez de complacer nuestros instintos más bajos nuestro enfoque estará en tratar de llevar una vida que sea plena porque está enfocada en Dios y en otros y no en nosotros mismos. Es cuando volteamos nuestras vidas a esa dirección, en armonía con el reino que está por venir, que encontraremos una felicidad y realización más grandes y duraderas en la vida. Esto es, después de todo, para lo que fuimos diseñados.

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